sábado, 3 de marzo de 2012

Lavalle por el "manco" Paz


General Juan Lavalle
El general Lavalle era generalmente querido de la tropa, y tenía una gran influencia en el soldado; nadie ignora que poseía ciertas dotes especiales que lo hacían amar, a la par del efecto que causaba su varonil presencia; poseía buenos talentos, tenía rasgos de genio y concepciones felices, que emanaban de aquellas primeras cualidades; hubiera sido de desear perseverancia para seguir un plan que había adoptado y más paciencia para desarrollar los pormenores de su ejecución. Estaba sujeto a impresiones fuertes, pero transitorias, de lo que resultó que no se le vio marchar por un sistema constante sino seguir rumbos contrarios, y, con frecuencia, tocando los extremos.
Educado en la escuela militar del general San Martín, se había nutrido con los principios de orden y de regularidad que marcaron todas las operaciones de aquel general. Nadie ignora, y lo ha dicho muy bien un escritor argentino (el señor Sarmiento), que San Martín es un general a la europea, y mal podía su discípulo haber tomado las lecciones de Artigas. El general Lavalle, el año 1826, que lo conocí, profesaba una aversión marcada, no solo a los principios del caudillaje, sino a los usos, costumbres y hasta el vestido de los hombres de campo o gauchos, que eran los partidarios de ese sistema; era un soldado en toda forma.
Imbuido en estas máximas, presidió la revolución de diciembre del año 28, y tanto que quizá fue vencido por llevarlas a la exageración. Despreciaba en grado superlativo las milicias de nuestro país, y miraba con el más soberano desdén las puebladas. En su opinión, la fuerza estaba sólo en las lanzas y los sables de nuestros soldados de línea, sin que todo lo demás valiese un ardite.
Conversábamos un día en la Banda Oriental sobre este asunto, me decía que valía tan poco el paisanaje de la provincia de Mendoza, que se atrevía a ir solo con su asistente y hacer una revolución cuando quisiese. Del sud de Buenos Aires me decía: “No conoce usted esa campaña, y por eso le da alguna importancia. Con solo una mitad de caballería de línea (25 hombres) soy capaz de meter todo el sud de Buenos Aires en un cuerno y taparlo con otro”. Después de la revolución de diciembre, me decía frecuentemente: “Quisiera que los caciques Rosas, López, Bustos, Aldao, Ibarra y demás de la república, se reunieran en un cuerpo con sus numerosas hordas, para dar cuenta de ellos con quinientos coraceros”.
Cuando las montoneras de López y Rosas lo hubieron aniquilado en Buenos Aires, abjuró sus antiguos principios y se plegó a los contrarios, adoptándolos con la misma vehemencia con que los había combatido. Se hizo enemigo de la táctica, y fiaba todo el suceso de los combates al entusiasmo y valor personal del soldado. Recuerdo que en Punta Gorda, hablando del entonces comandante Chenaut, le conté que había organizado en años anteriores, y disciplinado hasta la perfección, un regimiento en la provincia de San Juan, pero que, desgraciadamente, este regimiento, por causas que no es del caso analizar, se condujo muy mal en la acción del Rodeo del Chacón. “Por eso mismo, me contestó, que se habían empeñado en darle mucha disciplina, es que se condujo cobardemente”. Hasta en su modo de vestir había una variación completa. Años antes lo había conocido haciendo alarde de su traje rigurosamente militar, y atravesándose el sombrero a lo Napoleón; en Punta Gorda, y en toda la campaña, vestía un chaquetón si era invierno, y andaba en mangas si era verano, pero sin dejar un hermoso par de pistolas con sus cordones pendientes del hombro. Llegó a decir que no volvería a ponerse corbata.
Mausoleo Lavalle. Cementerio de la Recoleta
Esta vez quería el general Lavalle vencer a sus contrarios por los mismos medios con que había sido por ellos vencido, sin advertir que ni su educación, ni su genio, ni sus habitudes, podían dejarlo descender a ponerse al nivel de ellos. Al través de su vestido y de los modales afectados del caudillo, se dejaban traslucir los hábitos militares del soldado del ejército de la independencia. Cuánto mejor hubiera sido que, sin tocar los extremos, hubiese tratado de conciliar ambos sistemas, tomando de la táctica lo que es adaptable a nuestro estado y costumbres, conservando, al mismo tiempo, el entusiasmo y decisión individual, tan convenientes para la victoria. Es natural, que una disciplina llevada a los extremos acabe por hacer del soldado una máquina, un autómata, y que concluya con las disposiciones morales que tanto se necesitan; pero también es fuera de duda que si todo se deja al entusiasmo, desatendiendo la disciplina, jamás podría tenerse ejército propiamente dicho.
A propósito de entusiasmo: Se ha proclamado como muy eminente el que manifestaban los enemigos políticos de Rosas en la época que vamos hablando, y me ocurre una duda que quisiera absolver. No puede negarse que dicho entusiasmo era muy bullicioso y muy cacareado; pero, para juzgar más favorablemente de sus quilates, hubiera querido que fuese más sostenido. Él subía o bajaba con una rapidez asombrosa, según las buenas o malas noticias de nuestros ejércitos, según las más o menos probabilidades de vencer. Cuando he reconvenido a mis compañeros sobre los avisos exagerados de de fuerza y poder que daban sus cartas, me han contestado que esos avisos eran convenidos y, se puede decir, comandados, para no enfriar el entusiasmo de nuestros amigos en Montevideo y otros pueblos. Ya veo que se me dirá que exigir un grado mayor de abnegación no puede ser en este siglo de positivismo y en nuestros tiempos modernos. Mas ¡era acaso de otro siglo el gran Napoleón cuando en su Boletín veintinueve más bien exageró que disminuyó los desastres del grande ejército, para excitar el patriotismo de los franceses? Seguramente que tenía otra opinión que nosotros del entusiasmo y de los sentimientos de sus compatriotas. Pero volvamos al ejército libertador.

La Batalla de Famaillá significó la derrota final del General Lavalle
La subordinación era poco menos que desconocida o, al menos, estaba basada de un modo particular y sobre muy débiles fundamentos. Todo se hacía consistir en las afecciones y en la influencia personal de los jefes, y, muy principalmente, en la del general. Este me dijo un dia, en Punta gorda: “Aquí están tres mil hombres que sólo me obedecen a mí y que se entienden directamente conmigo”. Esto lo explica todo, lo dice todo. Toda autoridad, toda obediencia, todo derivaba de la persona del general, y es seguro que si éste hubiese faltado, se hubiera desquiciado en un día el ejército libertador. Más tarde, cuando los reveses del Quebracho y Famaillá hubieron puesto a prueba esa decantada decisión, no bastó la influencia personal del general Lavalle, y todo se disolvió.
El general Lavalle distribuía por sus manos dinero a los que juzgaba preferir, mientras otros nada recibían.
Conversabamos con el general Lavalle el dia antes de mi viaje a Corrientes, y llegó un soldado a pedirle cuatro duros; el general llamó a su secretario Frías, y le dijo: “De usted a ese hombre una onza de oro”. Otro vino a pedirle un peso, y me preguntó si tenía dinero en la faltriquera; cuando se lo ofrecí tomó dos, que dio al soldado. No creo que esto fuese todos los días, y si que quiso hacer ostentación de generosidad y abundancia, para que llevase esa impresión a Corrientes. 
Los agraciados poco aprovechaban, porque el dinero que recibían iba por lo general a la carpeta. El juego era la diversión universal, y me han asegurado que se hizo distribución de naipes a los cuerpos. No se crea que el general Lavalle obraba sin objeto, pues lo tenía, y llegó a conseguir lo que se proponía. Se proponía atraer a los correntinos, embriagándolos con una abundancia, con una licencia que no habían conocido, para hacerlos pasar al Paraná sin que se acordasen de su tierra. Al mismo tiempo, quería presentarse en las otras provincias como un caudillo popular y condescendiente; como un hombre, en fin, que era todo lo contrario del Lavalle de los años 28 y 29.
La distribución de armamento, vestuario y raciones no era menos irregular, y hablando del primero diré que tuvo el ejército una abundancia nunca vista en los nuestros, tanto por el número de armas como por su superior calidad. Fuera de los suministros que hacía la Comisión Argentina de Montevideo, los franceses proveyeron con profusión. A nadie se hacía cargo por las armas que perdía, rompía o tiraba; tal era la facilidad de conseguirlas.

Plaza Lavalle, Buenos Aires
El modo de distribuir lo vestuarios era de dos modos. Alguna vez se le daban al jefe de división, que los repartía bien o mal, según se le antojaba, y otras muchas venían los cuerpos formados al cuartel general, donde el general en persona iba dando a cada soldado poncho, chaqueta, camisa, etc. He oído mil veces celebrar, como un acto de extraordinaria habilidad, el fraude que hacían algunos soldados retirándose de la fila después de haber recibido un vestuario, para formarse en otro lugar a donde no había llegado la distribución, para que se le diese otro; repitiendo esta operación, hubo alguno que obtuvo tres, cuatro o má vestuarios, logrando, además, los aplausos de sus jefes por este raro rasgo de ingenio. 
Muchas veces se repartieron a la tropa efectos de ultramar, finos, y particularmente las mujeres, a quienes se daba el gracioso nombre de patricias, tuvieron su parte en ellos. Me han asegurado que se les distribuyeron pañuelos y medias de seda, y otras cosas de esa clase, con la misma irregularidad que se hacía todo lo demás. Las mujeres son el cáncer de nuestros ejércitos ; pero un cáncer que es difícil cortar, principalmente en los compuestos de paisanaje, después de las tradiciones que nos han dejado los Artigas, los Ramírez y los Otorgués, y que han continuado sus discípulos, los Rivera y otros.
No se crea que reproche todo lo que voy notando, pues mal podría reprobar algo de lo que yo mismo he creido conveniente hacer. Por ejemplo: recuerdo que he mandado distribuir en corrientes una o dos docenas de guitarras a los cuerpos para que bailasen de noche, pero sin que esto les impidiese hacer sus ejercicios militares. Otra vez he mandado en entre ríos, como luego lo diré, distribuir a las mujeres un repuesto de zarazas y género blanco que había en comisaría, guardando todo el orden que era posible. Protesto que tuve que hacerme la mayor violencia para esta singular distribución, lo que más no será difícil comprender a quien conozca mis principios; pero esto se hallaba establecido, tenía la sanción de la costumbre, y no quería contrariarla. Lo que será digno de censura es el abuso, el exceso, el despilfarro. Por lo demás, un general tiene que someterse a las circunstancias, y, sobre todo, en casos excepcionales. 
Cuando la guerra del Brasil, oí un día contar al general Frutos Rivera que, encontrándose Artigas en no sé qué situación crítica que se hacía más afligente por la extraordinaria deserción de los soldados, que les era imposible contener, se le ocurrió entonces un arbitrio que propuso a Artigas, quien lo adoptó y puso en práctica con el mejor suceso. Consistía en traer algunos cientos de chinas para distribuir a los soldados.
Aunque Rivera tiene fama de embustero, no estoy lejos de creer que habló de verdad por esta vez.

Batalla de Quebracho Herrado, primera de las dos batallas en la que Oribe vence a Lavalle (1840)





       
No eran así seguramente los ejércitos que mandaba el general Belgrano, y últimamente nos ha dado un ejemplo Urquiza, que hizo su invasión en 1846 a Corrientes, sin llevar en su ejército una sola mujer. Esto le daba una inmensa economía de caballos, víveres y vestuarios, al paso que facilitaba la movilidad y el orden en todas sus operaciones. El haberlo conseguido es una prueba de lo sólidamente que estaba establecida esa autoridad fundada en la costumbre de obedecerle por muchos años, y apoyada en el terror que ha inspirado con sus castigos crueles y atroces. Además, su campaña estaba calculada como de corta duración, y no le fue difícil persuadir que dejasen las mujeres en su campo del Arroyo Grande, a donde no habían de tardar mucho en volver.
El general Lavalle había hecho las campañas últimas de la Banda Oriental con Rivera, y allí había visto el manejo de este caudillo, que él, a su vez, quería aplicar al ejército que mandaba. De aquí venía esa tolerancia, y aun consideración, con la clase más prostituta de la sociedad, lo que e más extraño para quien había conocido los principios severos del general Lavalle a este respecto; de aquí ese desengaño en las distribuciones; de aquí ese despilfarro en las administración.
La distribución de raciones participaba del mismo desorden que todo lo demás; la yerba y el tabaco se sacaban por tercios y sin cuenta ni razón. ¿Y la carneada? Se hacía a discreción; no hay idea del desperdicio, ni será fácil imaginarse cuánto se perdía inútilmente. Baste decir que donde campaba el ejército desaparecían como por encanto numerosos rebaños, y se consumían, sin aprovecharse, rodeos enteros.
Fuera de los suministros de todo género que hizo la comisión Argentina del producto de gratuitas erogaciones; fuera de lo que daban los franceses; el general Lavalle celebró contratos y contrajo empeños que montaban a sumas considerables. No se detenía en ofrecer, y estoy persuadido que, siguiendo el sistema de Rivera, se proponía ligar los hombres y hacerlos depender de él por la esperanza de que los tuviese presentes para los pagos. De esos contratos resultaron esos cargamentos de efectos, poco adecuados para un ejército, que se distribuían a las chinas, y que, por mucho que digan, es de creer no dirán todo.
En resumen: los costos que hizo el ejército libertador fueron ingentes, y es indudable que, con una mejor administración, hubieran podido sostenerse en la abundancia cuatro ejércitos como él. Sin embargo, debe tenerse presente que las circunstancias que rodeaban al general Lavalle eran extraordinarias, que todo era excepcional y salía de las reglas comunes. Sirva esto de descargo, añadiendo que su autoridad, al menos hasta que llegó a Corrientes era revolucionaria; entonces la legalizó, pero no entraba en los cálculos de él, ni en el partido que lo sostenía, el conservar esa dependencia, que podía ser una traba.
Los que lo habían elevado hasta ponerlo al frente de la revolución, tenían un positivo interés en que su fuese anómala e irregular, para que, después que hubiese servido a sus miras, pudiesen, cuando les conviniese, derrocarla, y él, naturalmente, se creía más expedito no teniendo traba alguna que lo embarazase. Ha sido muy frecuente en nuestro país emplear a los militares como mero instrumento, teniendo buen cuidado de hacer recaer sobre ellos todo lo odioso de las revoluciones y de las medidas violentas que ellas traen, y reservándose, en cuanto pueden, los medios de romper, cuando les plazca, el instrumento de que se han servido.
El señor doctor don José Gregorio Baigorri, canónigo y hombre conocido por sus talentos políticos en Córdoba, muy enlazada, además, con el partido unitario de Buenos Aires, me decía un día, hablando de la ejecución del señor Dorrego, que según la expresión del general Lavalle, que la ordenó, se había hecho “por su orden”. “Eso ha sido un acto sublime, sublime; el más sublime que he visto”, y alzaba la voz progresivamente, como en la escala del canto. Quería el bueno del doctor inducirme a que hiciese otro tanto.
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El general Paz escribió parte de sus Memorias durante su presidio
Obra de Francisco Fortuny, Museo Histórico y colonial de Luján
Mucho se ha dicho de los provechos y sórdidas especulaciones que hicieron algunos exaltados patriotas en Montevideo, tanto con los caudales que suministraron los franceses como con el producto de las cuantiosas erogaciones y empréstitos que se contrajeron, y cuyas obligaciones pesan aún sobre nuestro país, o, al menos, sobre nuestro honor. Se ha asegurado que el almirante Dupotet lo creía y lo decía así, y como él otros, bien que en la universal corrupción de Montevideo esto no debiese causar gran escándalo. Lo admirable es que en este siglo de positivismo, cuando se han hecho sudar las prensas con asuntos insignificantes, nadie haya tocado éste; antes, por el contrario, se ha procurado echarle tierra. Aún hay más; jamás se ha tratado de exigir ni dar cuenta, una razón, una satisfacción cualquiera, de la inversión de tan ingentes caudales. Entre nosotros han estado después los intendentes, comisarios, los que intervinieron en todos esos gastos, y ni una palabra, ni una sola palabra que indicase la intención de satisfacer al público a sus propias obligaciones.


De las Memorias del General Paz (Capítulo 26, Error Militar del General Lavalle)

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